P resentación: viernes, 28 de junio, a las 20 horas, en el aula cultural de CajaMurcia, en Lorca. Entrada libre.

 

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“Habitarás la sombra”, novela de misterio aunque cuente con algunas pinceladas de terror y el humor impregne buena parte de los diálogos, es la ópera prima de H.M.Fajardo. Detrás de este seudónimo se esconden Josías y Daniel Martínez Fajardo, quienes ya trabajaron juntos en el guión de “Making of”, film independiente y de bajo presupuesto rodado en el verano del año 2000 en Lorca.

El detonante argumental de la novela es el descubrimiento casual en un puesto del rastro de una fotografía de principios del siglo XX en la que aparece un familiar del protagonista, Diego. A partir de este hecho, Diego y Aurora, una antigua compañera de trabajo, inician una adictiva investigación que los arrastrará hacia una insospechada trama donde la literatura se confunde con la realidad, los pactos con la traición y el misterio con la muerte.

Y para ir abriendo boca de la sanguinolenta obra de los hermanos Martínez Fajardo, he aquí una breve muestra, donde el homenaje a su padre -fallecido hace muchos años, siendo Pastor de la Iglesia Evangélica Bautista de Lorca- es más que evidente, siguiendo la máxima bíblica de “honrarás a tu padre y a tu madre”. Dice así:

Llovía sangre. Aquel paisaje gris ceniza repentinamente adquirió color carmesí. No sabía dónde estaba ni cómo había llegado hasta tal páramo devastado por el fuego y la destrucción. El olor a podredumbre y el irritante sonido del crujir de mis pisadas produjo cierto efecto balsámico en mi memoria. Estaba deambulando entre lo que al parecer había sido un campo de batalla. La fetidez venía de los cadáveres y el estridente ruido era el que yo mismo producía quebrando los huesos quemados de los muertos en batalla. Semejante visión dantesca y el olor a barbacoa humana con sutil aroma a pólvora me provocó las náuseas y el consiguiente mareo que propició la pérdida de equilibrio y la posterior caída. Me levanté incómodo. El calor insoportable y la sensación de vértigo me hacían sudar, cosa que siempre he odiado. Intenté quitar las gotas de sudor que bajaban por mi cuello con la desagradable sensación de que era imposible desprenderse de las mismas ya que parecían aferrarse a mis manos como si tuvieran vida propia. Pronto pude percatarme de que no se trataba de gotas de sudor: eran gusanos. Diminutos, viscosos, subían y descendían a su antojo a lo largo y ancho de toda mi anatomía. Tenía las piernas hundidas hasta la rodilla entre cadáveres, muchos de ellos completamente cubiertos por todo tipo de gusanos que seguían ascendiendo por mi cuerpo. Los muertos me habían obsequiado a modo de ofrenda con este asqueroso presente. Corrí frenéticamente intentando dejar atrás un campo sembrado de cadáveres.

Me alejé lo suficiente como para adquirir una visión panorámica del conjunto. ¿Qué era aquello? Una gélida sensación apagó el calor de ese infierno en mi organismo. Estaba en medio de alguna de las batallas de una guerra ocurrida un siglo antes de que yo hubiera nacido: el color albiceleste del uniforme, los sombreros de palmito y las alpargatas que calzaban no daban lugar a la duda: eran tropas españolas de la Guerra de Cuba.

De forma inconsciente retrocedí ante la inaudita visión. Perdí el equilibrio y caí. Sin saber muy bien cómo, mi cuerpo estaba rebozado en sangre. Había resbalado en un inmenso charco. Alcé la vista y frente a mí había un altar y un sacerdote, ataviado con una roída pero espectacular dalmática rica en filigranas sobre una túnica de lino blanco ennegrecida y harapienta, oficiando misa de espaldas a mí. Junto al altar distinguí una pila bautismal cincelada en mármol negro de la que brotaba sangre hasta rebosar, originando un reguero rojo oscuro que desembocaba en el lodazal carmesí en el que me hallaba inmerso.

-Así dice Ezequiel en el capítulo treinta y siete del Libro del Profeta –empezó a recitar aquel espectro con voz grave y oscura como eco en un pozo profundo- La mano de Yahvé vino sobre mí, y me llevó en el Espíritu de Yahvé, y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos. Y me hizo pasar cerca de ellos por todo alrededor; y he aquí que eran muchísimos sobre la faz del campo1.

El oficiante se dio la vuelta: era mi tatarabuelo Víctor. Tenía el rostro enjuto y blanco, de una palidez extrema. Cuando logré vencer la animadversión que me producía tal visión pude darme cuenta de que mi pariente adolecía de lepra. Elevó los brazos. La carne putrefacta se iba desprendiendo poco a poco. Primero la piel, luego los músculos.

-Hijo mío, escucha atentamente lo que el Espíritu te revela. Tú serás la piedra angular de nuestra Logia. Y habitarás la sombra. Serás cazador de cazadores. Andarás como uno de ellos y tú sacrificio será el principio de su fin. Prepárate puesto que vas a recibir tu bautismo de sangre.

No pude distinguir una sola palabra más de aquella especie de homilía mesiánica porque en ese instante se desprendió parte de la cavidad bucal y del istmo de las fauces brotaron miles de gusanos que se entrelazaron formando una gran serpiente.

Y la serpiente escupió sangre y la sangre cubrió enteramente mi rostro.

 

 

 

 

Una tela hecha jirones ondeando altiva, ajena a su fatídico destino, sacudida por un viento deseoso de despedazar los escasos fragmentos de orgullo, honor e inocencia que blandía aquella enseña y que presagiaban el aroma a fracaso que impregnaría a una nación. Esa imagen, no cesaba de sobrevenir a mi mente de forma constante en las últimas semanas acompañada de olores y sabores que solo la infancia es capaz de fijar con fuerza en el subconsciente.

Desconocía si la nostalgia constituía la antesala del latido final. Si todo se reducía a un tráiler torpemente montado y realizado con prisas cuya proyección solo visionaría el autor.

En mi caso, los recuerdos que se agolpaban en mi mente me transportaban a las jornadas matutinas de montaña con mi abuelo, perfumadas de romero y tomillo. Allí, permanecía apostado en un montículo, esperando pacientemente a que huyese la liebre tras el trabajo de extorsión ejercido por los dos carismáticos hurones del yayo.

El largo y victorioso paseo por la Serranía Manchega con la recompensa de la presa a cuestas. Las curtidas manos femeninas preparando el fruto de la caza entre salsa de tomate y cebolla. Las orzas repletas de pringue y chorizos. Todo ese conjunto de escenas, venía aderezado por el ritmo pausado de una forma de vivir que se extinguió.

Como excelente contador de historias que era, mi abuelo representaba esa forma pretérita de transmitir el conocimiento desde la tradición oral y el apego a la tierra y sus costumbres. Por las tardes, solía subirme con él a una rústica buhardilla en la que almacenaba todo lo que conformaba su mundo. Presidida por el impactante daguerrotipo de la resquebrajada bandera española de 1898, la estancia se erigía en un pequeño museo de la memoria familiar. Mientras repasábamos estampas de otras épocas, relataba las hazañas del aventurero abuelo Víctor en Cuba o las suyas propias en la cruenta Guerra Civil que le tocó vivir. Salpicado de humor y épica, por mi imaginación desfilaban batallas, retiradas, triunfos y derrotas, personajes ilustres y pérfidos, acción y miseria. Nunca faltaba el imprescindible aliño de una narración inigualable que conseguía que el transcurso de una hora pareciese unos escasos minutos.

No soñaba. O, al menos desde hacía algún tiempo, no recordaba lo que había soñado. Sin embargo, desde hacía unos días aquellos recuerdos de la infancia se solapaban con mundos oníricos paralelos donde el tatarabuelo Víctor era el protagonista absoluto. Desafortunadamente, la mayoría de ellos desembocaban en vívidas pesadillas que acabaron por hacer mella en mi día a día. Lo cierto es que aquel fantasma del pasado empezó a adquirir cierta notoriedad en mi quehacer cotidiano.

Jamás imaginé que mi fin y mi principio iban a estar tan íntimamente enlazados.

 

 

 

 

Estaba completamente entregado a semejante locura de luces y sonidos estridentes. La música machacona, el calor, la visión fragmentada de todos aquellos cuerpos ardiendo en una fina capa de sudor, las feromonas. Abandonado al frenesí, no recuerdo el preciso instante en el que conecté con aquella joven explosiva –al menos, a mí me lo parecía-. Rubia, media melena, traje rojo corto; tan ajustado que parecía un tatuaje. Al tercer baile, ya estaba restregando su cuerpo contra el mío como gata en celo. Sus pezones erectos, libres de cualquier sujeción, casi me arañaban el pecho. En pleno éxtasis chumba-chumba, llevé mi mano por debajo de aquella falda-cinturón, conduciéndola hasta su vientre. Coincidiendo con la tendencia impuesta por las porno stars, estaba totalmente depilado. Estuvimos jugando unos pocos minutos entre aquel placentero humedal hasta que ella, que había llevado la iniciativa en todo momento, tiró de mí para sacarme de la pista y conducirme a la zona de lavabos. Nos instalamos en uno de los retretes en el baño de hombres, un cubículo prefabricado de apenas un metro cuadrado; evitando así las largas colas que anidan en todo aseo de señoras. Tras conseguir acoplarnos en tan exiguo receptáculo, empezamos a intercambiar roces y salivas con fruición. De manera inexplicable, logró liberar mi pene erecto de mis ajustados jeans e introducirlo en su natural destino: su sexo. El ruido ambiental, mezclado con el provocado por los vómitos del usuario del retrete contiguo, silenciaba sus exagerados gemidos de placer. Todo se fue acelerando: el pulso, los envites, los jadeos. Noté cómo todo daba vueltas a mi alrededor. Un estallido de luz precedido de una fuerte descarga de adrenalina me hizo desvanecer y aquella sensación lumínica se transformó en una densa oscuridad.

No sabría explicar muy bien como sucedió -ya que perdí el nexo temporal con la realidad- pero aparecí repentinamente en mi apartamento. Me encontraba en plena resaca, desprovisto de cualquier encanto y dando bandazos por el minúsculo pasillo en dirección al baño. Unas arcadas terribles sacudían de forma violenta mi pecho. Vomité precipitadamente en el lavabo. Tras un breve lapso temporal que a mí me pareció eterno y durante el cual juraría haber expulsado mi estómago por la boca, levanté la vista para comprobar con desagrado que mi impecable camisa blanca Cerruti estaba perdida de vómitos. Un detalle desconcertante llamó estremecedoramente mi atención: las manchas eran de color rojo carmesí, ajenas completamente a la media docena de vodkas con lima que previamente había ingerido y, por supuesto, nada tenían que ver con la cena frugal a base de ensalada y agua mineral, único sustento alimenticio que, si cabe con carácter residual, albergaba mi cuerpo. Comprobé horrorizado los restos expulsados que se habían acumulado en el lavabo atascándolo y, efectivamente, aquello era sangre. Me llamó la atención la densidad de la misma, al parecer había restos de órganos humanos entremezclados con la misma. Volví a sentirme de nuevo mareado. Aún en pleno desconcierto, un burbujeo ascendente irrumpió desde el sumidero aumentando el volumen del líquido encarnado vertido en la pila. Pronto pude apreciar que dos formas esféricas emergían por el propio borboteo. El pavor se apoderó completamente de mí cuando aprecié que eran ojos humanos. Los dos globos oculares -de los que todavía prendía el nervio óptico- estaban vivos y dirigían la mirada hacia mi persona. Retrocedí con tal precipitación que perdí el equilibrio hasta el punto de caer de culo justo a la salida del diminuto aseo. Mi punto de vista estaba a la altura del reducido mueble que sostenía la encimera y la pila. La puerta abatible estalló. Comprobé que un amasijo de carne cuyo volumen excedía la capacidad del pequeño mueble auxiliar lacado en blanco brillo se abría paso. Era un cuerpo humano femenino desnudo y compacto que se asemejaba a los cubos de metal resultantes en los que se transformaban los vehículos cuando pasaban por una cadena de desguace. Aquella figura de contorsionista imposible cobró vida y empezó a avanzar de forma lenta e irregular hacia mí. A medida que se iba desplazando, lograba desplegar extremidades primero, tronco y torso después, hasta presentar una forma humanoide reconocible. Era ella. La chica de la discoteca con la que había intercambiado fluidos. Se presentaba desnuda ante mí; en las antípodas del deseo que había logrado atraparme hasta llegar al orgasmo.

-Me llamo Mara- se presentó la abominación. Tenía un fuerte acento eslavo que concordaba con el aspecto ario que recordaba de la chica primigenia que había conocido en la pista de baile y con la que no había llegado a intercambiar ni una sola palabra.

Su rostro sin ojos expresaba lujuria. Con su lengua hinchada relamió lentamente aquellos labios amoratados con gesto libidinoso al tiempo que se acariciaba lo que hacía tan sólo unas horas habían sido unas sensuales mamas cuya exquisita redondez se había transformado en una flacidez repulsiva.

-¿Te gusto? –dijo sonriendo de forma socarrona aquel amasijo de podredumbre-. Noto tu excitación. Mejor. A partir de esta noche seremos amantes.

Todos sus gestos denotaban una impúdica lascivia que rozaba la obscenidad. Empezó a frotarse la vulva; primero con suavidad, para acabar friccionándose con una vehemencia antinatural. Una vez que finalizó aquel espectáculo nauseabundo, empezó a avanzar hacia mí al tiempo que extendía sus brazos a modo de invitación para que practicase sexo de nuevo con ella. La parálisis de la que hacía gala ante tan dantesca situación facilitó el hecho de que lograra arrinconarme hasta dejar mi cuerpo a su merced. Sentí su abrazo desnudo y húmedo. Aquella situación era repugnante: el olor a putrefacción, el húmedo y gélido contacto de nuestros cuerpos, el negror inacabable de su mirada. Restregó su lengua en descomposición por mis labios en un intento de penetrar en mi boca. A pesar de que no lo consiguió, no pude evitar sentir el sabor a sangre. Un vaho de mortandad brotó de su aliento y me desvanecí.

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