Tontolín cabalga de nuevo

Tontolín cabalga de nuevo

D esde aquel 13 de julio de 2013 en que esta revista publicó su último artículo dedicado a uno de los más importantes literatos de Lorca, no quise retomar la actividad escribidora. Periodística, la llaman algunos.

Hoy creo que hay motivos de sobra para, si no diariamente, sí, al menos, de vez en cuando, aunque no tanto como cuando investido de humilde «guerrillero de lo imposible», conseguí, durante un tiempo, revolucionar la prensa escrita en aquella decadente Lorca post miguelina, decadencia aún más agravada tras los terremotos que la asolaron y de lo que no levanta cabeza, como era de esperar.

La oscura etapa de S.E. Quijales, hoy ministrillo de la cosa del agua regional, justo cuando la CHS ha decidido cerrar las acequias de riego -¡que ya hay que ser gafe!-, abocaron a la moribunda Lorca al desasosiego de un desgobierno municipal desnortado, plagado de inútiles y, según las últimas investigaciones y múltiples denuncias del concejal de Ciudadanos, Antonio Meca, de chorizos en potencia; lo que viene en llamarse normalmente «presuntos».

Hablo de Lorca porque es lo que conozco de primera mano, y porque Tontolín, la revista más longeva de la mal llamada Ciudad del Sol -título que posee Écija-, nació en los albores del siglo XX en aquella aún Noble y Leal Ciudad del modernismo incipiente, de las subastas del agua en el Alporchón y de los tratantes de «chinos» en la Corredera, alma mater de la Lorca que fue y que nunca volverá a ser.

Y, hablando de modernismo, el único edificio modernista que nos queda, la extinta Cámara Agraria, a la que siempre se conoció como «La Sindical», es un cascarón maquillado con las entrañas putrefactas, cerrado a cal y canto y cuya reconstrucción integral, mil veces prometida, nunca llega. Tampoco hay prisa. En palabras de los munícipes, recogidas en varios medios hablados y escritos, aunque algún día consigan restaurarlo no tienen la más mínima idea de qué fin debe tener. Lo lógico sería que se dedicara a oficinas, como toda la vida de dios, evitando así los alquileres de infarto que, por poner un solo ejemplo, paga Aguas de Lorca a un antiguo amigo del entonces alcalde a escasos 100 metros, que no es que se iba a ir a la fin del mundo, precisamente. Hasta andando, y sin sudar, puede llevar cada empleado su hato y así evitan llamar a la correspondiente empresa transportera, que hay que ver los clujíos que le pega a las arcas municipales…

No voy a remover en demasía, si así lo piensan mis sufridos lectores, el avispero local, pero como decía el ya clásico: «si hay que remover, se remueve».

Hoy es un día triste. Ha fallecido quien fuera uno de los alcaldes más jóvenes de Lorca, José María Campoy Camacho, a cuya memoria dedico esta Morada. La gente de bien, y quienes lo conocíamos de siempre, estamos de luto. Ahora toca ponerle calle, como a los demás, porque en Lorca, o todos moros, o todos cristianos o, ahora, todos judíos, que puestos a ser tontos somos los número uno. Sí, me refiero a la fiesta esa que inventó el fenecido Munuera cuando lo echaron de los azules.

Sean siempre bienvenidos los que aquí entren de buena voluntad.

Sin comentarios.

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