Año de muertes

Año de muertes

H oy, día de San Silvestre, último día del año, toca hacer balance de estos 365 días donde casi nada ha ocurrido salvo en los últimos días, una racha agridulce de acontecimientos, unos privados que me reservo para mi intimidad y otra que es de ámbito público.

De esta última, no quiero comenzar sin dar mi más sentido pésame a la familia de doña Carmen Franco y, sobre todo a su nieto, el legítimo Rey de las Españas, don Luis Alfonso de Borbón, S.M. el Rey Luis II, Duque de Cádiz y Conde de Barcelona, amém de los títulos inherentes a la Corona: Señor de Balaguer, Rey de Murcia, de Jaén, del Algarve, de Aragón, de Jerusalén, de Castilla, de Algeciras…

Doña Carmen, a la que el rojerío patrio ha pretendido insultar y denigrar por ser hija de quien fue (insulta y denigra el que puede, no el que quiere), señora de un tiempo pasado que, como afirma el dicho popular, sin duda “fue mejor”, y lo fue gracias a, entre otros, su padre, ha pasado a mejor vida. Consciente de que así iba a ser, sentada en el salón de su piso de Hermanos Bécquer, recibiendo visitas que sabía que iban a ser las últimas de su triste existencia. Como lo que era: una señora.

Atrás quedan sus recuerdos, algunos de los cuales acaban de salir a la luz, contados y bendecidos por la propia protagonista. Algunos. No me cambiaría por ella ni por todo el dinero del mundo. Ni por su jaula de oro, de donde nunca salió. El oro no se come, ni se saborea, ni se disfruta, ni te lo puedes llevar cuando llega tu hora. Sólo te llevas tus recuerdos. Tus vivencias. Tus dichas y tus gozos. La casaron con un play-boy de opereta, un tal Martínez, aristócrata de segunda división, al que compusieron el apellido por orden de la otra doña Carmen, “la collares”, para que su única hija (adoptiva o no, que de eso también se habla ahora, muerto el perro) no fuera la “señora de Martínez”. Ella, precisamente, que era Martínez de apellido, un apellido nobilísimo, castellanísimo, antiquísimo y españolísimo. Más, imposible. Pero la collares era así, tan española que se vino a casar con un doble gabacho: de nombre y de apellido, porque si algo significa Francisco Franco es “francés francés”.

Muerta y enterrada aquella infeliz, que en Gloria esté, y que nos veamos allí algún lejano día, nos desayunamos con la noticia del levantamiento del cadáver de Diana Quer, de los Quer de toda la vida, mecánicos de coches con dinero que han removido cielo y tierra para encontrar el cuerpo de su hija que, de ser otra, seguiría pudriéndose por los siglos de los siglos en el pozo donde su asesino la enterró. Aún seguimos buscando miles de Dianas que nadie busca y que nadie encontrará jamás porque papá no es mecánico venido a más. Mi enhorabuena por su encuentro. Mi horror por el desenlace. Mi asco a ciertos juececillos y pseudo policías que dicen servir a todos por igual. Aquí tenemos la prueba.

Y siguiendo con la racha fúnebre, mi más sentido pésame al amigo Antonio Vallejo por la pérdida de su madre, y a la familia Morente, por la temprana muerte de uno de sus miembros en plena juventud en trágicas circunstancias, sin olvidar a la familia Salinas. Con la pérdida de uno de nuestros mejores pintores, toda la Región de Murcia pierde un activo que no supo, o no quiso, homenajear en vida.

Maldigo el año 2017. Ojalá el 2018 nos traiga noticias más alegres, incluyendo alguna que otra muerte que hogaño no ha tocado… La esperanza es lo último que se pierde. Amén.

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