Res publica

Res publica

C uando allá por los albores del siglo XX nace Tontolín como revista crítica, ácida, satírica y reivindicativa, sin olvidar su toque cultural, nunca hubiesen sospechado que cien años después el nieto de uno de sus colaboradores la resucitaría en un formato enmarcado en lo que se iba a denominar Internet, que permitiría al mundo entero ver y entender lo que se comenta, se dice, se cuece y se piensa ya no solo en aquella Lorca que iba saliendo del post feudalismo para adentrarse en el modernismo y en el auge de las viejas «nuevas» ideologías nacidas y pergeñadas por pensadores del XIX.

Nunca, a tenor de lo leído en la hemeroteca de esta revista, se había posicionado en lugar político alguno, aunque sus fundadores y continuadores tenían ideas que hoy llamaríamos «progresistas» para su época y que en la actualidad son radicalmente regresistas. Eran viejos soñadores de un mundo mejor, los más, y de conseguir que SU mundo propio sea el mejor posible, pasando por encima incluso del cadáver de su oponente político convertido en enemigo mortal. Y llegó la Guerra Civil. Otra más de las que España ha soportado a lo largo de los últimos doscientos años que acabaron con el desmembramiento del imperio, rematado por el príncipe Juan Carlos, en 1975, como Jefe de Estado interino, cuando abandonó a su suerte a los españoles que vivían en la españolísima provincia del Sáhara. Fue una de sus primeras traiciones a la Patria. La primera demostrable fue la puñalada a su padre y a su tío Jaime para saltarse la línea dinástica en su favor.

Nada nuevo del descendiente del Rey Felón, Fernando VII, hijo de su madre y de padre desconocido, como la propia «reina madre» reconoció: «La única sangre Borbón que tienen mis hijos es la mía». Tataranieto de Isabel II, aquella golfa a quien su propio tutor inició en las «artes amatorias» a tempranísma edad, que la casó con una locaza a la que el pueblo llamaba «Paquita Natillas» para seguir beneficiándosela. Posteriormente, o a la misma vez, se la estaban «tirando» otros fermosos, y no tan fermosos, efebos, guardias, cortesanos… Y probablemente algún cura. Entre ellos, el que más aportó a la «causa borbónica» por haber sido, según la propia Reina confesó a su hijo Alfonso XII, el retatarabuelo del actual Rey: Enrique Puigmoltó y Mayans, un militarcillo a quien su amante elevó al generalato y añadiendo un título de Castilla al condado de Torrefiel que poseía, nombrándolo vizconde de Miranda. Lo que estaba claro es que Paco Natillas, quien convivió en el exilio con su novio de toda la vida, ni era ni podía ser el padre de ninguno de los hijos de su impuesta «señora».

Ha sido tal la vileza de los borbones, y tanta sangre se ha derramado en aquellas Guerras Carlistas, origen o excusa del separatismo vasco y, por ende de ETA y demás brazos políticos que hoy campan a sus anchas por aquellos señoríos, bajo su yugo y teniendo en su poder las llaves de la caja pública, que es incomprensible que un republicano convencido, como era Franco, eligiera para su sucesión a un príncipe Borbón «a título de Rey», salvo que su enemistad manifiesta contra el autodenominado conde de Barcelona -título que es inseparable del de rey de España-, y su ansia por humillarlo, le hiciera decantar la balanza por aquel principito golferas, rubio y de ojos pardos que al «Caudillo de España por la Gracia de Dios» le vino divinamente, valga la licencia. Algo así como que para tocarle las narices a Felipe VI, un generalucho de tercera división «hurtara» sus derechos a la Corona y decidiera que su sucesor «a título de Rey» sería Felipe Juan Froilán de Todos los Santos. O la santa madre del ínclito Froilán, que todo puede pasar. Muerto el burro, la cebada al rabo. Y que se acuerden de mí, que otros vendrán que bueno me harán. Justo lo que ha pasado. Hoy, nadie se acuerda más de Franco que en toda la historia.

Y como esto es un editorial, y no una Morada ni un Cajón de Sastre, se supone que debe ceñirse a la línea de pensamiento que sigue la revista, una línea que pretende la universalidad que ofrece Internet, bajo un régimen parlamentario unicameral donde no quepan rufianes de especie alguna y donde exista una vara de medir tan exigente, o más que la que hay para formar parte de las élites de las empresas más importantes de España; un jefe de estado vitalicio elegido al más puro estilo vaticano -así lleva la Iglesia Católica funcionando desde hace 2.000 años- y, por supuesto, con una administración pública raquítica basada en las nuevas tecnologías, sin autonomías, sin los miles de ayuntamientos actuales en pueblos donde nada más entrar ya estás en las afueras, y sin diputaciones ni entes supramunicipales. Una administración diseñada como una gran empresa por grandes gestores públicos.

Sin olvidar rescatar de aquellas ventas presumiblemente fraudulentas a las empresas estatales que con sus ganancias y su control por el Estado garantizaban precios de los servicios esenciales asequibles a todos, viviendas relativamente dignas, seguridad jurídica e impuestos más que asumibles. También seguridad ciudadana gracias al ejército -rescatando una mili moderna y eficaz- y a la reunificación en un solo cuerpo de las distintas fuerzas y cuerpos de seguridad. De todos. ¡Qué tiempos aquellos en que cuando no existía más opción que subir el precio de la gasolina se producía la entonces inevitable crisis de Gobierno con cambio de ministros!

FJ ÁLBAREZ-FAJARDO SASTRE

Sin comentarios.

Dejar un comentario