Vamos a contar mentiras

Vamos a contar mentiras

P rometo que no quería salir a Tontolinada diaria. El problema es que lo ponen tan fácil que no tengo más remedio. Uno que es débil.

Prometo seguir metiendo a Franco en cada uno de mis escritos. Lo haré hasta que los que lo utilizan políticamente lo hagan de otra forma. Algo así como utilizarían a Nerón, al jefe de tribu de los neanderthales de dios sabe qué lugar, o a Moctezuma, por poner a alguien más “lorquino”, porque algunos sabrán que media Lorca desciende de Moctezuma II, concretamente de Pedro y Diego Luis de Moctezuma, hijo y nieto de Moctezuma. Digo media Lorca y me quedo corto, muy probablemente.

Este pobre escribidor, en contra de lo que algún imbécil cree y se atreve a asegurar, ni ha sido, ni es, ni será Franquista. Nunca. Para mí es una figura histórica que tuvo sus luces y sus sombras. Yo no lo habría hecho mejor que él, seguro. Los que me critican, menos aún. Y los políticos actuales… De los políticos actuales qué puedo decir… Pudo haber, en su momento, gente más preparada que Franco, que no es que fuera un genio militar ni tenía los genes o el coco de Stephen Hawking. ¡Ni allá arrimao! Franco era un mediocre que se supo rodear de lo más granado de la época. Ésa fue su grandeza, si se me permite hablar de grandezas de aquel militar con tratamiento de cardenal.

Franco no ganó la guerra. La perdieron los demás matándose entre ellos, y no de forma figurada. Fueron tantos y tan tontos que, como ocurre hoy, se arremolinaron en familias ideológicas tan iguales y, por eso mismo, tan dispares y tan odiosas y odiadas que acabaron por darle en bandeja de oro a “Paca la culona”, al “generalito”, el mando único de toda la España de entonces, que en tanto se parece a la de ahora, para desgracia nuestra.

Ya no queda oro ni para fabricar una cuchara de postre. Habrán oído hablar del “oro de Moscú”. A buena parte de los que esto lean y sean capaces de entenderlo (que son dos cosas diferentes) les sonará a chino. A otros, a la película del mismo nombre. A los menos, al expolio que el desgobierno rojo hizo de las cámaras del Banco de España, que no es el de hoy, sino que era una entidad privada donde se guardaba el oro de todos los españoles. Una entidad que tuvo su origen en el Banco de San Carlos. Era de tal magnitud aquel fabuloso tesoro que en el mundo prácticamente no tenía parangón. España -los españoles, por ende- era tan rica que hoy ni siquiera podríamos soñar con semejante cúmulo de riquezas. Ni el cuento de Alí Babá.

Todo fue robado por el rojerío aquel que, como siempre ha ocurrido con la siniestra política, accedió al poder mediante trampas y engaños. A un poder que les venía tan grande que cuando se encontraron con aquello no pudieron evitar sacar su cara más íntima. Y fueron directos a por el botín. De él vivieron todos aquellos hijos de puta en un más que confortable exilio. Y en su mayoría, acabó en Moscú, la entonces metrópoli de la que España dependía políticamente. En el Banco de España no quedaron ni las telarañas. Su Secretario, ante tamaña estulticia, optó por suicidarse en su propio despacho. Eran aquellos momentos en los que realmente dolía España.

Franco tomó las riendas de una nación partida en dos. Hundida en la miseria. En el horror y la destrucción más atroz. En el odio y el afán de venganza de unos y otros. Desde fuera, de nuevo, quisieron tratarnos como vasallos. Esta vez vasallos de Hitler, otro mediocre militarzucho que en su “carrera militar” no fue más allá de cabo. Franco lo toreó en Hendaya. Dos pases de pecho, una verónica, manoletina y, finalmente, el salto de la rana. Mandó a Hitler a los chiqueros y le prometió que mandaría ayuda. De ahí nació la División Azul, en la que algún lorquino estuvo y así me lo dijo en su día. En la División Azul se apuntaron verdaderos pirados que, durante un tiempo, España se quitó de suelo patrio para que, con suerte, no volvieran nunca. Al menos esa era la idea. No vayamos ahora a venir con historias de que yo digo que TODOS aquellos “militares” estaban locos. Los que yo he conocido, sí. Como verdaderas chotas.

Muere el “dictador” (el segundo, tras Miguel Primo de Rivera) que toma las riendas del poder en nombre de Alfonso XIII (“Por Dios, por la Patria y el Rey…”), intrahistoria que un día contaré porque ahora no viene a cuento, y años después, otro rojo, un tal Solbes, decide que, de nuevo (aunque esta vez hecho más “finamente”) hay que deshacerse del oro de los españoles y, una vez más, las bodegas del Banco de España se quedan con media telaraña y una mosca. Se gasta las perras en pagar los desmanes cometidos por sus compinches y aquí no ha pasado nada. ¿El culpable? Rajoy, supongo…

Digo Rajoy, a quien conocí en Murcia cuando mirramoluís acabó con Calero, y me pareció un tipo singular, tranquilo. Muy “a la gallega”, porque estamos asistiendo estos días a las manifas de jubilatas que, a tenor de lo que “opinan” en los medios, no tienen ni puta idea de qué hablan, ni por qué se manifiestan. La culpa, de Rajoy, claro.

No vi a nadie manifestarse contra el infausto ZP cuando, cagándose en los “Pactos de Toledo” y en el artículo 50 de la moribunda Constitución -“Los poderes públicos garantizarán, mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica a los ciudadanos durante la tercera edad”-, les congeló las pensiones. O sea, que no les subió ni un real. Nada. Zero zapatero. Y nadie se manifestó. Ni siquiera Billetero, pendiente de la salud democrática de Venezuela, a la que la gentuza que okupa el palacio presidencial está haciendo lo mismo que el rojerío hizo en la España republicana y guerracivilista: esquilmar el oro. Negro. Entre otras lindezas.

Mañana, más, que me voy de fiesta y ya está bien del tostón de Franco y la madre que lo trajo al mundo.

FJ ÁLBAREZ-FAJARDO SASTRE, escribidor en sus ratos libres

Viñeta: Planeta Asturias

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