Viernes Santo en Lorca

Viernes Santo en Lorca

T rece, la televisión de los obispos, como no podía ser de otra manera ha centrado su atención en la más fastuosa de las procesiones del mundo: los Desfiles Bíblico Pasionales de Lorca.

No lo digo por la pasión que me pueda correr por las venas, sobre todo en un momento en el que las lágrimas me corren por las mejillas. No lo he podido evitar. Hacía más de veinticinco años que no veía la procesión lorquina. Hoy lo he hecho, íntegramente, cómodamente recostado en el chesslong de mi casa de allende los mares gracias a ese invento infernal que es Internet.

Veinticinco años sin ver procesionar a la Verónica, trono que en mis años mozos empujé desde sus entrañas en el primer año en que los empujadores éramos blancos de a pie. El primer año en que los gitanos que tradicionalmente empujaban los entonces carros de ruedas -hoy reconvertidos en tronos de andas para mayor lucimiento del personal- dejaron de hacerlo, y de cobrarlo, para que pudiéramos ser los blancos los que tomáramos el relevo. Gratis, por supuesto.

Me refiero a la Verónica -no a ese invento de la Santa Mujer Verónica-, porque era la Verónica, a secas. Veo, que tras treinta años se ha reconvertido en un trono de andas que sólo es portado por mujeres blancas -lorquinas-, porque cuando el carro de la Verónica era algo casi secundario las mujeres poco o nada tenían que ver con ella, con MI Verónica.

He visto el trono de San Juan Evangelista desfilar en andas, un trono que cuando era el de ruedas ayudé innumerables horas a restaurar y dorar en la nave de La Velica.

He oído -y sólo me voy a referir al azulerío para esto- una voz familiar que me retrotraía a mi niñez y juventud cuando un, supongo, jovencísimo Adrián Páez explicaba con una voz indiscutiblemente heredada de quien forzosamente tiene que ser su padre las grandezas de SU Paso.

He echado de menos -permítaseme la licencia- la representación en Carrera de la Archicofradía de Nuestro Señor Resucitado, la más antigua de las que procesionan en la ciudad. Fue mi padre, en su etapa de presidente de dicha Archicofradía, quien luchó para que la decana de las Cofradías de Lorca tuviera su representación en el resto de las procesiones. Igual que lo hizo al revés, para que los demás Pasos enviaran mayor y mejor representación a la Procesión del Domingo de Resurrección.

En Lorca, y voy a ser más chulo que un ocho y más papista que el Papa -dirán algunos imbéciles-, hubo un antes y un después en los Desfiles Bíblico Pasionales bajo la presidencia del gran José María Castillo Navarro, a quien los azules jamás han reconocido su valor cuando tras el paso de las procesiones de la Corredera a la avenida de los Mártires, hubo que descartar lo viejo -que era casi todo- y reinventar un Paso Azul desde cero. Aquel año la procesión azul apenas tuvo representación, y es algo que los azules “de pro” jamás le perdonaron. Una mierda de procesión que sirvió de abono para lo que fue posteriormente. Tampoco le perdonaron aquellas pintadas que protagonizó con spray en la fachada de la farmacia de la mujer del entonces alcalde Doroteo Jiménez, sacando su alma más revolucionaria y cayendo en desgracia para los restos.

Por supuesto que, arrimando el ascua a mi sardina y sabiendo que lo que digo es lo cierto, la grandeza de Castillo Navarro fue a la par de la del otro gran presidente: Luis Mora Parra, mi tío abuelo, a quien los blancos -amarillos los llamaban y hoy reciclados en lejía, al parecer- fueron dejando literalmente SOLO. A él y al Paso Blanco. Su último año fue caótico. La procesión salió, y lo hizo gracias al esfuerzo y a la determinación de los cuatro que estábamos a su lado. Yo era más crío y no voy a echarme flores que no me corresponden. Me puse -nos pusimos todos- a las órdenes de Paco Montiel. Sí, el mismo al que tantas veces he puesto a parir -por traidor, y él lo sabe muy bien-. Paco Montiel, hoy vicealcalde de la ciudad, con un Luis Mora noqueado, se erigió en presidente de hecho de aquel Paso que parecía moribundo, y sacó una procesión dignísima. Paco, que blanco es un rato y del Paso sabe lo que no está en los escritos, sería un magnífico presidente. Doy fe de ello, igual que pueden dar fe los que allí estábamos. A cada cual hay que ponerlo en su lugar. Igual que de un tiempo a esta parte he dicho que Paco Montiel tenía que haber sido el alcalde. Habría sido, al menos, el más íntegro de todos los que han pasado en las últimas décadas por el sillón de Plaza de España, 1, que no es poco visto lo visto y lo que se va a seguir viendo. Sabiendo lo que sé, a tiempo está…

Me ha chocado que el actual presidente siga con la tradición de preceder al trono de la Amargura. Esa tradición tuvo su porqué: el presidente era quien marcaba el ritmo y el centro de la Carrera. Era el guía en el que quien conducía el entonces trono de ruedas se tenía que fijar para ir recto y no estrellarse contra los palcos. Hoy es absurdo porque va en andas. El lugar del presidente no es delante, sino detrás de la Señora, porque Ella es la que preside la comitiva blanca.

Por supuesto, la llave que no falte. Porque Ella es la que cierra, le pese a quien le pese y lo maquillen como lo maquillen. Y que no falten los que he podido reconocer -o eso creo- como el Rubito, en el palco junto a la Presidencia, o a mi primo Alberto Gil, acompañando a la Virgen, a quien casi he visto nacer.

Y, por fin, otro ascua por mi padre, que en la soledad de una procesión “de segunda” convirtió en espectáculo -a veces exagerado, pero espectáculo al fin y al cabo- aquella procesión que tras el paso de presidentes como Quiñonero o Moya necesitaba un punto de vitalidad; de savia nueva. Y él se la supo dar. Consiguió esa mayor implicación del resto de Pasos. Negoció con la familia Clementson la vuelta a Lorca de todo lo relacionado con la imagen de la Asunción y Encarnación. Rescató del olvido el culto nocturno que se le daba en la Iglesia de Santa María, solo que en el atrio, porque la Iglesia, como todos sabemos, fue pasto de las llamas y del saqueo por parte de aquel grupo de asesinos procedente de Molins de Rei. Sin olvidar que, gracias a la colaboración del Maestro Rosell -que lo rearmonizó para la Banda Municipal que dirigía, partiendo de una simple partitura para órgano-, pudo volver a oírse en las viejas callejuelas de Lorca el himno del Resucitado que alguien tenía “extraviado” en su casa, como tantas otras cosas “extraviadas”. Ya escribí sobre ello hace unos años.

Inició aquella reivindicación, más política que religiosa, de “Cada año un monumento”, en referencia a la necesidad de restaurar los monumentos que corrían peligro de desaparecer, como eran las iglesias altas, empezando por la Iglesia Mayor o de Santa María, la que siglos atrás el propio Rey Católico visitó y asistió a la misa. Pronosticó que algún día la “Carrera” dejaría su actual enclave para ir a la avenida de Santa Clara, algo que, tras los terremotos y con unos palcos que no se pueden estirar más, alguno hoy no descarta en absoluto. Reclamó mayor compromiso institucional a las procesiones -a todas- y mejor reparto del dinero de los palcos, que entonces y ahora solamente se repartían y se reparten blancos y azules.

Fue con su amigo Pepe Correa con quien conoció desde dentro la procesión del Resucitado de Cartagena -que ya conocía desde fuera-. La gran procesión cartagenera es, precisamente, la del Resucitado, con sus colores blanco y amarillo, que coinciden -y no es casualidad- con los de la bandera del Vaticano, porque no fue la Pasión o la Muerte lo que lo elevó a la condición de Hijo de Dios sino su Resurrección, el acontecimiento más importante y razón de ser del Cristianismo. Hoy no existen esos colores, sustituido el amarillo por el rojo, color que aún nadie me ha sabido explicar qué tiene que ver con el Resucitado, salvo algún capricho de algún indocumentado que lo habrá considerado muy guay.

Le pasó a mi padre como a su tío Luis Mora, y como le ocurriera también a Castillo Navarro. Los tres grandes presidentes, los tres visionarios, los tres reivindicativos y enamorados de sus cofradías. Los tres traicionados. Los grandes olvidados de la Semana Santa. Hoy no he oído en ningún momento el nombre de mi tío Luis de boca del defenestrado zagal del Caracolero, que ni lo conoció ni le importa saber que gracias a él es el Paso Blanco, hoy, el más rico en cuanto a seguidores, patrimonio artístico y grandeza.

He visto dos tronos nuevos: la Santa Elena y la bolica del mundo. Del primero mejor no hablar. Una cerillica a tiempo evitaría algún que otro ridículo… La bolica del mundo ya no es lo que era. Tan monumental la han querido hacer que le han quitado toda la gracia. Una pena.

Y por parte del azulerío, otra cerillica a la nave espacial de Cleopatra y compensamos la exageración cateta y hortera de la susodicha y la ridiculez de la mini silleta de Santa Elena.

Blanco de Vuesas Mercedes, FJ Álbarez-Fajardo y Sastre

Foto: La Opinión (que me la debe)

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