Democracia: últimas bocanadas

Democracia: últimas bocanadas

No es ningún misterio que prebostes políticos del XX y XXI, caso de Winston Churchill -aquel descendiente de «Mambrú», que no era otro que el Duque de Marlborough- que decía que la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás.

Siento disentir de aquel mediocre político al que sus propios paisanos dieron una «democrática» patada en el culo al terminar la Segunda Guerra Mundial.

No es que es que este pobre escribidor sea más sabio que aquel hijo de la Gran Bretaña, felizmente fallecido y cada día más olvidado. Servidor lo que tiene es una visión espacio-temporal que todos aquellos egregios personajes no tenían. No la tengo yo solo; la tenemos casi todos los que hoy vivimos y que hemos superado el umbral del «sabe más el diablo por viejo que por diablo».

Desde aquellos vetustos «reyes propietarios» hasta hoy han pasado muchos años, muchas revoluciones, muchas guerras y mucha tontería. La apertura de la base social decisoria en los asuntos de Estado, fundamentalmente a partir de la Revolución Francesa y de la independencia de los Estados Unidos de América, ha traído un mundo donde la política, como antaño la religión, es el verdadero freno al bienestar de los habitantes de la Tierra. De todos menos de unos cuantos que caben en un microbús.

No hace mucho, rememorando yo mismo a otro «prohombre» que afirmaba, no sin razón (toda teoría es razonable mientras no se aplique a la realidad), que no todos los votos deberían valer lo mismo, un gilipollas venido de allende los mares, un puto montonero argentino erigido en juez supremo de no se sabe qué ciencia o tribunal ético o estético, me deseó mi internamiento en la jaula de un zoológico. Literalmente. Ni siquiera tuvo la ocurrencia que cualquier «persona de bien» haría: confrontar mi afirmación con su pobre pensamiento donde lo «políticamente correcto» es palabra de dios.

Y es cierto. Y en puridad es aún más cierto que no todos los votos lo valen desde el momento en el que la «voluntad popular» se desvirtúa en todos y cada uno de los países por las diferentes «leyes» -como la que se aplica en España: D´Hont- que implica una auténtica y escandalosa desigualdad de esos sufragios dependiendo de dónde se introduzca la papeleta en la urna.

Igual ocurre en la empresa privada. O en la judicatura, hablando de poderes del estado, donde hay siempre alguien cuyo «voto de calidad» vale el doble que los votos de los demás. O la famosa «acción de oro», tristemente célebre tras el asesinato de la matriarca de la familia Sala, en Alicante.

Cada día somos más los que tenemos claro que «algo no funciona» en esta democracia que no solo es imperfecta sino que es radicalmente perversa. Pero casi nadie se atreve a defenderlo públicamente a fuer de ser mandado al zoológico por hijos de puta como aquel montonero (QEPD) o por hijos de lo políticamente correcto, generalmente mal paridos por la siniestra.

A este pobre escribidor, al que se la suda casi todo y que ha llegado a esa edad donde se puede permitir escribir verdades como puños y, además, defenderlas con la fuerza de la razón, y de la historia, y de lo que haga falta, hay quien intenta acallarlo. No lo van a conseguir. Esta tribuna desde la que me dirijo a quien quiera leerme, me permite contar con absoluta libertad, dentro de los cauces éticos y estéticos que otros tienen distorsionados, lo que me dé la realísima gana.

Dicho lo cual, y teniendo claro que la vieja democracia -que tiene más de 2000 años de recorrido- ha muerto o está moribunda, toca reestructurar lo que nunca debió estructurarse sobre el indecente «sufragio universal». Esa fórmula, que tan solo sería válida si todos y cada uno de los votantes tuvieran la misma capacidad y conocimientos, nos está llevando a una situación de caos, inmundicia, inmoralidad e injusticia que, como decía Alfonso Guerra, hoy y sobre todo mañana no va a conocer esta nuestra España y este nuestro mundo ni la madre que la parió.

Con todos los respetos, mi voto no vale lo mismo que el del montonero argentino. Igual hasta el suyo vale más que el mío. Pero será en su querida Argentina, que todos sabemos -y él más- hasta qué punto de inmundicia ha llegado. Yo, para mi España, no quiero una Argentina bis y mi voto, en mi patria, vale más que la de un tipo que celebra el día en el que aquel rincón inhóspito se independizó de la «madre patria».

Y si me apetece, tras explicarle a los que leyendo esto me acusen de facha y de querer una dictadura -que tan viejuno es dictadura que democracia-, lo mismo lo explico en otra Tontolinada, que como su propio nombre indica, no puede ser nada serio, que para seriedad, los prohombres. Digo yo… Sin acritud.

Escribidor de Vuesas Mercedes, FJ Álbarez-Fajardo y Sastre

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