¡Yaastá!

¡Yaastá!

Observará el sufrido lector que servidor no ha escrito una sola línea desde el año de Gracia de 2019. A primeros.

Y comprobará ese mismo sufridor que aunque una de las comidillas de la Lorca profunda es la puta herencia en la que estoy inmerso, apenas he tocado el tema. Craso error, puesto que he dejado el agit prop a solamente una de las partes en conflicto.

Me decía Antonio Martínez de Miguel, amigo y letrado del antaño Ilustre Colegio de Abogados de Lorca, que me había metido en lo que él denomina «una herencia envenenada». Ciertamente. Con los sucesivos capítulos que desde este mismo momento iré publicando veremos quién es quién y cómo se ha envenenado.

Los precedentes

A finales de noviembre de 2013, en una de las llamadas que diariamente hacía a mi madre, cuya conversación era más digna de Jaimito que de alguien normal (mi madre tenía Alzheimer y ya se sabe lo que es esa terrible enfermedad), cuando le pregunto por la más que precaria salud de mi padre, me suelta a bocajarro, sin anestesia:

«¿Tu padre? Al muy imbécil le ha dado por no cagar.» (Sic)

Pero… ¿desde cuándo está así?

«Desde hace una semana.»

Pero… ¿habéis avisado a alguien para que lo vea?

«¡Qué fácil lo ves, menudo follón! Si se lo digo al médico lo primero que hace es mandar una ambulancia y no sabes tú…»

Ni me despedí de ella. Colgué y llamé inmediatamente a un médico amigo que sabía que iba a verlo con cierta asiduidad. El médico era el doctor Fernández Salvador, hoy tristemente fallecido.

Me coge el teléfono su mujer, Paqui Arcas.

Paqui, acabo de colgar con mi madre y me dicho… (ya saben lo que me dijo)

«Uy, Paco hace tiempo que no va a ver a tu padre. Un día se encontró con tu tía Maruja y le dijo que no fuera más, que se ponía muy nervioso con las visitas.»

Bueno, le digo a Paqui, con quien se pone nervioso no es con las visitas, y mucho menos con tu marido; con quien se pone nervioso es con su hermana Maruja…

En resumidas cuentas, allí que se acercó el doctor Fernández Salvador y viendo el panorama a mi padre lo ingresaron de urgencia en el hospital Virgen del Alcázar. Lo que pasó entre medias o lo que dejó de pasar es algo que nadie me ha contado.

Y dirán los sufridos lectores: si tú no vivías en Lorca pero tus dos hermanos y las hermanas de tu padre sí, ¿cómo es posible ese estado de abandono en manos de una enferma de Alzheimer? Que cada cual piense lo que crea conveniente.

El óbito

El 8 de diciembre mi padre moría en la cama del Alcázar sin que nadie se diera cuenta. Era domingo. El puente de la Constitución y la Inmaculada.

A las diez menos cuarto de la noche de ese domingo recibo la llamada de mi madre.

«¡Yaastá!»

¿Yaastá qué?

«¡Pues que yaastá! ¡Pareces tonto!»

Evidentemente, me estaba diciendo a su manera que mi padre ya no formaba parte de los vivos. Nunca me perdonó que llamara a un médico.

Yo estaba lejos de Lorca y lo enterraban al día siguiente.. Me dice: «Mejor que no vengas».

No, si no puedo llegar a tiempo.

Tampoco habría ido. No quería, ni quiero, estar en el mismo espacio con esos personajes que me tocaron como hermanos en la tómbola. Ni a misa.

Quédense el lector con la hora de llamada. También con el nombre de quien esto escribe y con el que aparece en la esquela…

Cuando acabe este culebrón, que irá aderezado con nombres y apellidos, como habrán podido observar, veremos si me quedo corto.

Como en todo serial que se precie, he de advertir que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. O no. Según.

Francisco José Mora Sastre

Sin comentarios.

Dejar un comentario