Síndrome de Estocolmo

Como suele ocurrir todavía en los pueblos y en ciudades que, como Lorca, siguen ancladas en el XIX, las visitas tras el óbito son incesantes. Más cuanto más conocido es el fallecido.

Así ocurrió en este caso y, a pesar de mis recomendaciones, mi madre optó por fustigarse de puertas afuera, como hacen las viudas dolientes decimonónicas tras la muerte del pater familias.

Todo ello se agravó tras la misa funeral -a la que no acudí, como es evidente- en la que el Padre Alegría alabó las virtudes de mi padre -que las tenía y, de hecho, demostró ser el mejor de la familia, yo incluido- y ninguna falta ni pecado, siquiera venial, como siempre pasa cuando alguien ya no está con nosotros.

No recuerdo ahora quién decía que en España enterramos magníficamente. Y así fue.

A nadie escapa que mi padre en vida no era un desecho de virtudes, pero ni era aquél el momento de glosar sus miserias ni lo es ahora. Delante de un juez es otra historia. Ahí me obligarán a «decir verdad» y así lo haré si llega el caso. Que llegará. No lo dude nadie.

Vente pa Benidorm, Titi

En las diferentes viviendas en las que he habitado siempre tenía una habitación lista para recibir a mi madre. Y a los amigos. A los hermanos, no. Los amigos fueron/vinieron, y vienen. Mi madre ya no puede venir. Si algún hermano queda vivo -que no lo sé-, nunca será recibido en mi casa.

Dos o tres días después del óbito me llama mi tío Enrique:

«Paco, ¿está ahí tu madre?»

Ni está ni se le espera.

Mi madre, a pesar de mi insistencia en que cambiara de aires una temporada optó por poner por delante a las visitas a mayor gloria y memoria de un marido al que la gente que lo conocía de vista, cuando lo veía con ella, en las raras ocasiones que eso sucedía, le decía: «Paco, pensaba que eras soltero.»

Enferma y enfermiza, se agarró a un pasado que nada tenía de ejemplar, porque ella hacía mucho tiempo que vivía en el pasado consecuencia de dos ictus que sufrió en 2004 que le dejaron secuelas mentales que con el tiempo se fueron agravando. Ya entonces, ¿te acuerdas Vicenta?, cuando precisamente Vicenta «la comadrona» me preguntó tras el ictus por la salud de mi madre, le dije literalmente: «Mi madre ya no es mi madre».

Algún cabrón estará ahora pensando «ya me ha puesto en bandeja la excusa que esperaba para acusarlo de mal hijo». Error, porque me refería a que el ictus había cambiado su mentalidad, pero eso lo reservo para engalanar los oídos de Su Señoría.

Mi primera visita a mi madre

No fui a Lorca hasta enero. Me prohibió que lo hiciera antes para ella reinar en una fantasía de recuerdos inexistentes, de halagos hueros. Por fin era la matriarca de un clan deshecho desde hacía años.

Entretanto, yo lejos, su hija pergeñaba lo que después, casi un año después, supe con certeza. Y con documentos.

«No vengas, que ha venido la tía May con el tío Carlos», como si yo tuviera que esconderme de dos de las personas que siempre he tenido más cercanas. Con mi tío tuve ocasión de hablar meses después. Me prohibió hablar con mi tía de nada de lo concerniente a la herencia, y así lo hice. Mal hecho por su parte, y también por la mía, porque se podían haber aclarado muchas cosas que hoy han degenerado hasta el extremo del odio mortal.

«Si fuera más joven esto estaría solucionado en dos días», me decía mi tío Carlos. «Si no fuera por el ojo torcío, mi hija la mejor moza de Santa María», le replicaba.

Pero volvamos a enero de 2013. Mi madre, a lo largo de todo ese tiempo, con la que hablaba prácticamente a diario con su mono tema de lo bueno que era su marido, tenía otra obsesión que le quemaba las entrañas: el testamento de mi padre. ¡Estaba tan segura de que le había dejado no sé cuantísimos bienes a su cuñada Conchita y a su hermana Marisa…!

Mis «mentiras»

Mi padre no testó y así se lo dije cuando tuve en mi mano el mal llamado certificado de últimas voluntades.

«Eso es mentira».

Tengo delante el documento oficial.

«Mientes».

Le llevé el documento, y se lo «regalé». Siguió con su cantinela: «Es falso». ¿Cómo le haces ver a alguien con esa cabecica que los gigantes no son más que inofensivos molinos?

A los pocos días, me llama -el 95% de las veces era yo quien llamaba- y me dice: «Te voy a leer lo que he decidido para la herencia». Tardó más de media hora en acertar a mal leer un folio que alguien le había pasado. «Ay, ay, espera, no, esto no, espera, ay ay; ah, sí, espera, sí, sí.» No es nada sexual, aunque lo parezca visto negro sobre blanco, eran sus lagunas mentales que rellenaba de esa manera.

«Tu madre no está bien», me decían. «Lo sé…»

Los vecinos también lo sabían. Día sí y día también escuchaban cómo insultaba gravísimamente, a voz en grito, a mi padre, postrado en un sillón sin poder moverse ni articular palabra, esperando la muerte como se espera el agua de mayo. Era su personal venganza por la vida que él le había dado y que ella, sumisa, aceptó voluntariamente.

A veces me decía: «Te tenía que haber hecho caso cuando me dijiste que me separara pero no lo hice por temor a tus hermanos.»

Desde aquel momento, pasó de ser la esclava de su marido y de su hija a serlo «solamente» de su hija. Su otro hijo, el hijo «tabero», como ella lo calificaba, era un pintamonas, un moñas, una marioneta en manos de lo peor de cada casa. Y lo sigue siendo.

Francisco José Mora Sastre

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