Silencio sepulcral

Van pasando los días, las semanas, los meses… Mi abogado decide no ponerse en contacto con «la parte contraria» por una razón que él entendía de peso: necesitan imperiosamente mi firma para cualquier cosa.

Entretanto me zumben a mi madre (enferma, recuerda querido lector) exigiéndome que firme un documento para que Ibermutuamur (hoy Ibermutua) pueda seguir pagando el alquiler del local que tiene arrendado, propiedad de la herencia.

«Firmaré una sola vez, para acabar con toda esta locura, pero nada de marranerías. Lo de la Mutua, que espere.«

«Sí que tienes tú prisa en pillar», me contesta aleccionada mi madre.

«La que nos exige Hacienda: un máximo de seis meses para no empezar a tener problemas.«

«Claro, tú siempre con excusas. Eso es mentira.»

Por fin, un Procurador facilita el nombre y teléfono de mi abogado a la que posteriormente se intitularía ante un juez como «hijaputacabrona». En Lorca se llama Antonia; en Granada se hace llamar María Luisa y es sobrina de la reina Fabiola. Y va lo llama.

Le asegura que ellos son muy buenas personas, que están intentando por todos los medios llegar a un acuerdo pero que yo me niego. Y añade: «Mi padre le dio a Paco CINCUENTA MILLONES DE PESETAS en 1993 para que pusiera una fábrica de curtidos y eso tiene que colacionar a valor de hoy».

Colacionar significa incluirlo en la herencia como un adelanto, es decir, de lo que me correspondería, quitarme esos cincuenta millones más el valor actualizado.

No salía de mi asombro. Le dije a mi abogado «¡Pregúntale dónde están esos millones que vamos ahora mismo a por ellos! Nunca más volvieron a sacar el tema. Era una más de las fantasías de mi madre. Nadie, repito, nadie que conociera a mi padre mínimamente podía siquiera soñar que me regalara semejante cantidad, ni ninguna otra. Ahí acabó la fantasmagórica fábrica.

Con posterioridad fueron inventando otras locuras: «¡Diez coches!» «¡El laboratorio» «¡Colmenarico!» En fin… Todo sumaba siempre la misma cantidad…

Lo pongo a modo de ejemplo, porque barbaridades de esa índole, unas cuantas.

Hago un inciso temporal y me vengo casi al presente. Una gestora administrativa no ha mucho que me echa en cara: «Es que no entiendo cómo estáis así, se reparte y punto.»

¿Y qué repartimos? ¿Metemos lo que ellos dicen que han ganado con el sudor de su frente o con el sudor del de enfrente?

Y me voy a permitir, a efectos informativos de quienes leen y conocen la verdad de todo esto y callan como putas, que ellos dicen ser dueños plenos de lo siguiente:

1- Dos áticos en Águilas que juran por Snoopy que compraron «al pompón» en 1998 a un tal Martín Carrillo.

2- Un piso en la Alameda de la Constitución «comprado» al 50% por «la parte contraria» en 2008, en pleno inicio del pinchazo de la burbuja inmobiliaria. Su hipoteca, 1.000 € mensuales.

3- Un piso en Granada, calle Martínez de la Rosa, comprado en 2004 por la antedicha sin participación de su esposísimo. Lo declara como «bien privativo».

Ello sin contar la finca de Aguaderas (70 hectáreas donde iba a construirse un resort de golf, el «Castillo de Felí», promovido por Eusebio Abellán) «adquirida» por ellos por una donación de la que yo me enteré por la calle años después.

Y sin contar con la asesoría fiscal de mi padre, hoy oficialmente propiedad exclusiva de ellos, cuyos documentos de venta/donación/oloquesea me sigue negando de forma reiterada el administrador de la Agencia Tributaria en Lorca, hermano de un antiguo falso trabajador de la asesoría llamado Carlos Andrés Sánchez Ferrándiz que, espero y deseo, se querelle contra mí. Mejor que se querellen ambos, Carlos y Miguel, si consideran que estoy faltando a la verdad. Don Antonio Sánchez Leonardo, su padre, debe estar orgullosísimo…

Mañana (o cuando me dé la gana), más.

Francisco José Mora Sastre

Sin comentarios.

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