El primer «hombre bueno»

En vista de que la negociación para un acuerdo es imposible, básicamente porque Ambrosio y Antonia (o María Luisa…) se niegan a poner sobre la mesa todo lo que siendo de la masa hereditaria está a su nombre o lo tienen ellos en depósito, incluyendo las joyas y relojes de mi padre y de mi madrina, Elfie, aprovecho una llamada telefónica de Pablo Barnés Pérez (Inmobilorca) para proponerle ser mediador en todo el «follaero». Acepta.

Pablo me había llamado (acojonado, por cierto, porque esperaba de mí un exabrupto, como ellos ya le habían advertido: «¡Es atrabiliario, ten cuidado!».

Rsulta que en la herencia hay un solar y, según me dice, alguien ofrece 400.000 euros por él y me pregunta si estoy dispuesto a vender.

«Claro que sí, Pablo, si yo recibo mi tercera parte, ¿por qué no?. Me parece un precio ajustado a mercado.»

Alguien dirá: Pero si su madre está viva solo le le corresponderá una sexta parte porque la mitad es de ella.

Resulta que no, porque mi madre se había adjudicado unos bienes de su parte de la sociedad de gananciales entre los que no se encontraba el dicho solar.

Me llama al poco Pablo:

«Paco, que dicen que no, que tú te llevas una sexta parte.»

«Pues en ese caso diles que el solar ya lo venderá, o no, quien le toque.»

Salto temporal

Es curioso el tema, porque al cabo de unos meses, me vuelve a llamar Pablo:

«Paco, que hay otro comprador para el solar y dice tu hermana que de acuerdo, que te llevas la tercera parte.»

«Vale, ¿y no lo podían haber pensado entonces? Supongo que el mismo precio, ¿no?»

«No, ahora ofrecen 300.000 euros.»

«Pues nada, en ese precio no se vende.»

Vuelta a marzo/abril de 2014

Empieza Pablo con las gestiones como «hombre bueno». Envían una propuesta:

Tales cosas para «la mamá», tales para nosotros y tales para Paco. Entre esas cosas, hay un grupo que habían incluido ellos como innegociable. Literalmente ponía: «hasta aquí, innegociable…». Nunca entendí que en una negociación haya algo innegociable, salvo que vaya en contra de las leyes o de la moral. Una cosa es disponer el asesinato de uno de los herederos (que eso sí que no entra dentro de lo legal, aunque den ganas a veces, y es innegociable) y otra muy diferente ver qué nos adjudicamos cada uno de nosotros.

«¿Y dónde están los pisos de Águilas, el de la estación, la asesoría, las joyas…?»

En ese momento no conocía la existencia del piso de Granada, ni de Procarosad (de la que me enteré meses después de su existencia navegando por Internet), ni de otras cosas… El piso de Granada no lo conocía nadie. Nadie es nadie. Ni mi madre. Lo mantuvieron ella, el presunto marido y el hijo «raro» en el más absoluto de los secretos. Es lógico, porque no había forma de justificar su compra, salvo que hubiera algo más. Que lo hay, al parecer…

«Nada de eso me han dicho, solo hablan de lo que ponía el papel que te pasé»

«En ese caso, mientras no lo pongan TODO encima de la mesa no hay nada que negociar.»

Tira y afloja de Pablo hasta que finalmente, viendo que no había manera de mover una coma de lo que ellos proponen, propongo yo lo imposible para ellos, separando cosas que ellos han decidido que yo sea el colindante, y lo propongo para no tener que cruzarme a nadie por el pasillo. Evidentemente, no lo aceptan. Y ahí acaba la intervención de Pablo tras una llamada suya:

«Paco, imposible, lo siento, es como chocar contra un muro.»

Previamente, Pablo me había comentado que jamás había visto a mi hermana en el estado de nervios que la vio (era bipolar, y digo era porque quienes la conocían sabrán que la palmó un 23 de octubre de 2018, Primer Año Triunfal). Ahí se quitó la careta y salió su verdadero yo. De mí dijo la tía de todo menos bonico, ¡con lo mono que soy!

Segunda Caída

«¡Señor pequé, Señor pequé, Señor ten misericordia de nosotros! Así rezan los Pasos del Calvario, y de Calvarios seguimos hablando.

Me van a perdonar los sufridos lectores si altero el orden de los sucesivos «hombres buenos» que en esta historia ha habido; hasta el último, que fue hasta la pandemia: Javier Navarro Miras, a quien ningunearon y potrearon como si fuera o fuese una mierda. En medio, unos cuantos más… Y uno, falso, por parte de ellos.

Salvo error u omisión, el segundo que por mi parte intentó infructuosamente que la parte contraria aportara los bienes que poseían ilegalmente fue Santos González Sánchez, amigo de la infancia del pequeño de la parte contraria y entonces gerente de Limusa.

Qué decir de la intervención de Santos. Como la vez anterior, sólo consiguió hablar telefónicamente con mis dos exhermanos. Jamás con mi madre. Era lógico, porque mi madre, cuando aún regía algo su cabecica siempre dijo que no quería ni problemas ni judicializar la herencia:

«¡Por encima de mi cadáver!», decía.

Nunca supo que se había judicializado, porque el tema se llevó a los tribunales tanto por su parte como por la mía. Ellos retiraron la demanda cuando vieron que la habían presentado con posterioridad, pero ésa es una historia que ahora no toca.

Hablaba antes de Procarosad, sociedad que preside Josefa (Chefi, que es más fino) Salinas Maturana, cuñada de Martín Carrillo Motos, porque tiene mucho que ver con la intervención judicial de mi madre en un procedimiento al que jamás asistió a pesar de haberla citado varias veces. Comprenderán, repito, que no lo hizo por los dos motivos que ya conocen: porque nunca supo que se había judicializado y porque aunque lo hubiera sabido no estaba en condiciones mentales para semejante «shock».

Mañana, más y mejor.

Francisco José Mora Sastre

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