El pecado original

Me van a permitir, señoras y señores, que no escriba hoy de los sucesivos «hombres buenos», más que nada por intentar seguir con la cronología y con algunos precedentes.

Estamos en junio de 2014. Hace seis meses que mi padre ha muerto. Mi madre estaba «desaparecida». Nadie que viniera de mi parte podía acceder a ella. Mis abogados me aconsejaban que no hablara con mi madre sin testigos.

Nunca me dijeron el porqué, pero algo sabrían que a mí no me llegó hasta un año antes de que la intitulada «hijaputacabrona» pasara a peor vida, cuando presentó contra mí una falsa denuncia por «amenazas» (¿Recuerdas el día que fue, Chefi?) que aún sigue coleando casi tres años después… Entonces es cuando supe por qué mis abogados me aconsejaban estar lo más lejos posible de todos.

Imagino que las dos «testigos» que llevó a aquel simulacro de juicio estarán muy orgullosas de sí mismas, igual que lo estará la «señá fiscala», que en Gloria esté…

Y el juececillo aquel, que duró en Lorca menos que un pastel a la puerta de un colegio…. Qué decir de la criatura… Aquel «juez» arrastraba el «honor» de haber sido denunciado por el Colegio de Abogados de Murcia por un turbio asunto en Caravaca. Ya se lo expliqué a él, sin anestesia. Hoy lo sufren en Orihuelica del Señor.

Sobre esa farsa, puro asco de justicia (con minúsculas) tendré ocasión de profundizar. O no. Según me dé.

La asesoría y su anunciado declive

Cuando mi padre se jubiló, alquiló la asesoría a los dos hijos inútiles, a aquellos que eran incapaces de sobrevivir por sí mismos. Les dio un negocio hasta entonces boyante, con dos condiciones:

1- Que le pagaran mensualmente 3.000 euros por el alquiler de los dos pisos de los que consta la asesoría junto con el propio negocio, sin pagar traspaso alguno.

2- Que se adaptara una de las habitaciones del piso superior para su propio despacho.

Pagaron los primeros meses y el despacho del piso superior duró lo mismo. Con la excusa de que, decían, le había ordenado mi padre a Juan Francisco Periago Montero, empleado de la asesoría a quien yo contraté en los años en los que estuve allí trabajando, que la «ingeniería fiscal» que había pergeñado para pagar menos impuestos la deshiciera. Aquello lo tomaron sus dos retoños como una traición que les sirvió de excusa para echar a mi padre del negocio que fundó en 1959. ¿Estoy mintiendo, Juanfra?

Y les sirvió para no seguir pagándole las mensualidades a sabiendas de que nada iba a hacer contra ellos. Pronto olvidó mi padre aquella afrenta. Poco después sufriría un ictus que lo dejó muy tocado.

Dos extraños ictus

Lo de los ictus es muy familiar; mi madre había sufrido dos ictus unos días antes que él, y hace año y medio (en abril o mayo de 2019, que no lo sé…) lo sufriría el tal Ambrosio, un derrame cerebral de tres pares que a pique lo lleva a criar malvas. Nada aprendió de ello el prenda y en lugar de pensar que la vida son dos días y sobra uno, se dedicó a arremeter contra todo bicho viviente y a olvidarse de todos.

¡Mira, una boa! ¡Pos que vivan los novios!

Pero como bicho malo nunca muere, se medio recuperó (físicamente, porque mentalmente… donde no hubo no habrá) y decidió que se iba a casar contra una tipa a la que ni conozco, ni ganas. Así que sirva este escrito para desear a los recién casados muchos años soportándose, que no es poco castigo. ¡Y soportándome!, que no es moco de pavo. ¡Vivan los novios!

Habrá visto el sufrido y amable lector que entre ictus materno y paterno pasaron escasos días. No deja de ser curioso. Así lo intentó hacer ver a diario la intitulada «hijaputacabrona» (repito que no soy yo quien le puso ese título sino ella misma) echando la culpa de ambos ictus a un amigo de mi padre, asegurando que los había envenenado. Desde ese día, tan aficionada ella a poner «títulos», lo llamaba «el innombrable».

Yo, pasado el tiempo y con la claridad que ello da, sé a ciencia cierta que los envenenaron, pero también tengo meridianamente claro que no fue el bueno de su amigo… ¡Y les aseguro que el culpable no fue el mayordomo!

Lo curioso de la dadora de títulos es que se dio otro a sí misma: «Licenciada en Derecho». Con un par. No lo era. Incluso mostraba, orgullosísima, la foto de la orla. Lo que no podía mostrar era el título, pero a ella lo mismo le daba.

En 15 años en Granada, supuestamente estudiando, no llegó ni a la mitad de la carrera. Cuando mi padre le cerró el grifo, un novio que compartía con el novio oficial la metió a trabajar media jornada en el estanco de su madre, y así estuvo escaso tiempo hasta que, arrastrada y muerta de hambre, volvió a Lorca. ¿Dónde iba a trabajar semejante cerebro? En la asesoría de su papá, evidentemente.

Es curioso. Decía que al novio oficial lo había dejado «por borracho». Y se quedó con una perla. Con el sobrero. Que no bebe… Que no bebe agua. Su máxima: «Si el agua rompe los caminos, que no hará con los intestinos». Un figura.

Mañana, más.

Francisco José Mora Sastre

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