De recusaciones y demás zarandajas

Como ya amenazaba, el culebrón sigue en la actualidad por la siempre preciosa vía judicial.

Es, recuerdo, la que «la parte contraria» ha elegido voluntariamente contra la vía que yo había abierto, que era la notarial, mucho más rápida, económica y efectiva.

A fin de cuentas, cuando dentro de 40 años, todos muertos, nuestros herederos, o los herederos de los herederos, terminarán de repartir la mierda que pueda quedar después de pagarle a abogados, procuradores, administradores, peritos varios, chupasangres a la búsqueda del tonto a quien sacarle hasta el saín y demás fauna que acude a las orgías de sangre a pescar en río revuelto.

Hoy he recibido buenas nuevas. Se trata de un Auto de su señoría ilustrísima Manuel Calero a resultas de la recusación que, le recuerdo al sufrido lector, presenté para que tanto el juez como la laj del juzgado dos de Lorca se abstuvieran y le pasaran el muerto a algún otro compañero que no haya «conocido» el tema.

Pues bien, tanto el juez como la laj han presentado un escrito donde entienden que deben abstenerse, pero…

El ínclito Calero dice que nones, que aquí no se abstiene ni naide ni denguno, y lo dice porque a su señoría ilustrísima le han faltado dedos para contar con ellos los plazos procesales, porque a los jueces no les enseñan el arte de la matemática. Y dice Calero que na de na, que yo presenté el escrito de recusación cinco días después de acabado el plazo y que ni abstención ni gaitas, que el tema lo vuelve a llevar el mismo juzgado que ya sentenció.

Dice otras cosas, consecuencia de su falta de entendederas en contaduría, que me dejarían en la indefensión más absoluta, pasando por no reconocerme derechos que no me puede quitar por muy ilustrísima que sea su jiennense señoría que, hasta hace pocas fechas, servía en el juzgado siete de Lorca y hoy en la Audiencia de Murcia.

Y todo eso lo dice sin enterarse de que donde él dice 16 debería decir 11, porque 11 era la cifra correcta y no la que él se inventa y/o no comprueba para no meter la pata. Porque si meto yo la pata, que no soy nadie, no pasa naíca, pero si la mete un juez, además de quedar como Rufete en Lorca, lo único que consigue es joder la marrana, como aún he visto que se dice en algún que otro rincón de la mal llamada Ciudad del Sol.

¡Qué tiempos aquellos en los que había magistrados de verdad, con luengas y canosas barbas perfectamente recortadas y voz grave y solemne!

Tanto el juez como la laj del juzgado dos de Lorca han cumplido perfectamente con su cometido de abstención, como no podía ser de otra manera, porque no podía ser de otra manera, lo cual, visto cómo está el patio judicial, es muy de agradecer. Así que gracias a ambos por cumplir con la ley y solicitar hacerla cumplir.

Me van a permitir ambos que, dicho lo anterior, disienta de diferentes actuaciones (y falta de ellas) que en el pasado tanto daño hicieron en referencia a la «puta herencia». Creo, y siempre creeré, que de haber actuado ambos de otra manera hoy no estaría escribiendo esto y seguramente, permítanme la expresión, como buen «atrabiliario», ahora estaría tocándome los cojones bajo algún cocotero, porque los «atrabiliarios» hacemos esas cosas y otras mucho mejores. Incluso cuando nos llama o visita el «abogado de la parte contraria» para amenazarnos, injuriarnos o intentar ponernos un piso, que de todo hay en la viña del señor, nos permitimos el lujazo de cagarnos en sus muertos pisaos, en sentido figurado, evidentemente, que luego vienen y se lo toman al pie de la letra.

Con el siguiente «fallo» judicial mantendré informados a los lectores de Tontolín que, como es bien sabido, es apto únicamente para gente inteligente, por lo que ruego a los tontos no contaminen esta centenaria publicación.

Es ruego que hago desde la hamaca dos del cocotero «La Concepción» sita en el Caribe profundo. La Concepción era la nieta de la Dolores, hija de la Manuela, y más puta que su abuela. Es para ponernos en situación; que nada tiene que ver con lo escrito, pero hay otros escritos más serios que éste que algún día publicaré para que vean en todo el mundo mundial del orbe terrestre lo malo malísimo que soy y las cosas que se escriben.

Porque soy malo, malo, malo. El hermano malo. Porque para ciertas «señoras» de la Lorca profunda, que si me ponen delante de ellas no saben quién soy, yo soy el malo y los demás son los buenos, buenísimos. Las típicas viejas del visillo repulsivas que tanto abundan en esa Lorca que digo, y también en el resto del mundo. Las de Lorca me importan una mierda. A las otras las ignoro aún más. Besos para ellas y en especial para mi amiga Irene -a la que no conozco y con la que jamás en mi vida he hablado-, que en paz descanse.

Atentamente.

Francisco José Mora Sastre

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