El nuevo aniversario

Sufrido lector: un 8 de diciembre de 2013, domingo, hace hoy siete cortos años, fallece en Lorca, el «causante» de todo este desastre en que ha derivado la puta herencia de los cojones que ya conoce quien va siguiendo el serial de despropósitos y delitos perpetrados por sus retoños, Antonia (o María Luisa, o Diana, o a saber cómo se llamaba la tipa aquella que desde 2018 cría malvas envenenadas, como lo era su alma y su cuerpo), y Ambrosio.

Fue aquel 8 de diciembre cuando cerca de las DIEZ DE LA NOCHE me llama mi madre por teléfono y tuvimos la conversación que ya conocen porque la plasmé en estas mismas «páginas» en el primer capítulo del serial.

Llevaba mi padre oficialmente muerto desde antes de mediodía, y digo oficialmente porque fue cuando alguien se dio cuenta de que no respiraba. Cuando ya estaba frío… Murió en la soledad de su habitación del hospital donde le habían habilitado una «suite» para él solo mientras en otras habitaciones apiñaban a los enfermos… Pero esa es otra historia. Ventajas de ser el asesor laboral de esa innoble institución que tan mal me ha tratado como persona, como si yo fuera casi un extraño.

Cerca de la UNA DE LA TARDE certificaron su muerte. NUEVE HORAS DE SILENCIO en las que todo el pueblo se enteró del óbito. Pero yo no tenía derecho a saberlo. También lo conté en mi primera «parrafada».

Siete años después, su mala cabeza («Soy el Padre Eterno», decía, y os voy a sobrevivir a todos) y su falta de previsión sucesoria, junto con la codicia de esos dos hijos de la gran puta que tuvo, provocaron que la ya rota «familia disfuncional» en que hacía décadas se había convertido aquella casa de tragicomedia, se desintegrara por completo, sin remedio, en un mar de odio.

«Quieres heredar del que no le hablas», me decía el hijodeputa del retoño menor. Y no lo decía para que mi parte se le entregara a Asprodes, por decir algo, sino para acrecentar su parte de la ya impresionante herencia que se le venía encima. Sin merecerlo, seguramente, ni él ni su puta hermana, felizmente muerta.

«Dios», como así lo llamábamos por lo anteriormente dicho, la palmó como vivió. Solo y a su bola. Como también escribí en su momento, su vida se podía resumir en la famosa frase de un conocido que le dijo: «Eres tan pobre que lo único que tienes es dinero». Cierto. Dinero envenenado, le faltó decir.

Fue un mal padre, un mal marido y un peor amigo. Pero no todo era malo en él. Fue un gran profesional y, a la sombra de su hermano Pedro (siento repetirme pero creo que mi tío Pedro merece el reconocimiento que nadie le hizo en su corta vida) creó, en 1960, la mejor asesoría fiscal y laboral de la zona de influencia de Lorca, que no era poca. Hoy arruinada de la mano tonta de un bobo solemne.

Lo hizo, también, de la mano, ésta sabia, de otro gran hombre: don José Barnés, abuelo de uno (el primero) de los múltiples «hombres buenos» que he buscado desde el primer día para que esos cabrones devolvieran a la masa hereditaria todo lo robado y pudiéramos repartir «bien a bien», sin estridencias ni la vergüenza que toda esta situación está provocando en ese infecto pueblo llamado Lorca al que, quien me conoce, sabe que odio con toda la profundidad de mi alma. Lorca fue mi prisión durante los primeros años de mi, desde hace muchos años, vida fecunda y libre. Fecunda y libre desde que salí de allí para nunca más volver.

Hoy no voy a seguir definiendo a la Paca, la fiscala; ni a esos hijos de la gran puta convertidos por obra y gracieta del Pernías en «la parte contraria».

Hoy, «Dios», «Padre Eterno», te honro por lo bueno que hiciste. Por lo malo, que te honren, o te defenestren, otros.

Hoy, sigo esperando que los que decían ser tus amigos aporten de una vez su conocimiento de la realidad y ayuden, en tu memoria, no a resolverme la herencia, como me dijo un subnormal al que pedí su mediación para evitar la ya segura cárcel a la que se va a enfrentar su amigo Ambrosio, sino a evitar que tu nombre aparezca ligado a un escándalo que ya esperabas. No lo esperabas por mí, porque sabías que soy incapaz de quedarme con lo que no es mío y que, además, si a algo no le tengo apego es al dinero. Lo único a lo que le tengo apego es a MI LIBERTAD.

Dentro de dos años y medio, como muy tarde, nos veremos, cuando recoja tus cenizas de donde nunca debió depositarlas esa gentuza, y las entierre para siempre, con tu familia, en tu/mi panteón familiar de mi Águilas del alma, donde también irán las mías.

Y dentro de esos dos años y medio espero que ya nadie tenga que oír y leer que tus hijos se siguen matando (y muriendo) por los bienes materiales. Los otros bienes están muertos y enterrados desde hace demasiado tiempo.

No eras perfecto, ni mucho menos. Yo tampoco. Pero he dicho miles de veces a quien me ha querido escuchar que, a pesar de todo, eras el mejor de la «familia». Y, a pesar de la fama cosechada en ese puto pueblo de mierda, tú sabías que yo no era el peor. Como decía Raimundín «El bueno», «Ni el bueno es tan bueno ni el malo es tan malo».

Descansa en paz, que bastante ajetreo tuviste en vida.

Tu hijo.

Sin comentarios.

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