Mañana toca el Tatán, hoy no

No ha mucho, me decía un amigo, tras la lectura de las barbaridades que escribo sobre esos cabrones que me han tocado en desgracia como «familiares», que por qué no acabamos de una vez la guerra, repartimos lo que buenamente se pueda repartir y que cada uno siga su camino.

Sería lo normal, claro. Pero en este caso no lo es.

Leía esta misma mañana, a cuenta del suplicatorio para encausar en el Supremo al diputado de las rastas, ése que parece el demonio de la bolica del mundo que rescató el Litín para gozo y disfrute del blanquerío lorquino, que el tal Rodríguez (así se llama el pollo) se asemeja a una especie norteafricana de ardillas que cuando ven peligrar su obsequio de cacahuetes (que los turistas tienen a bien entregar) por parte de otros de su especie, arremeten con todas las de la ley contra los ladrones de semejante manjar, a pique de llevarlos ante los tribunales de justicia, si los hubiere para esos animalejos.

No cae en la cuenta el simpático bicho que hay para todos. Y hay de sobra. Pero lo que le hace revolverse contra el ladrón no es la cantidad sino el hecho del robo en sí, aunque sea de dos míseros cacahuetes.

En el caso de la puta herencia de los cojones, lo que hubo al principio, aparte de muy mala baba por quienes se apropiaron de bienes ajenos, fue el robo de dos pisos en la villa de Águilas. Robo perpetrado ante presunto notario, y ante dos incapaces y dos chorizos de mierda apellidados Sastre Mora. Una, como ya saben, está en los infiernos, y el otro, a pique de acompañarla tras el derrame cerebral que él mismo propició en un intento de asemejarse a su padre, a quien jamás llegó y jamás llegará a la suela de los zapatos.

Muy probablemente, de haber devuelto esos hijos de puta los dos pisos a la masa hereditaria en aquel momento, quien esto escribe no se habría enterado del resto de delitos cometidos contra mí y, por tanto, no estarían con un pie en la trena, como sucede en la actualidad.

Tampoco estaría muerta mi madre de no haberla dejado abandonada a su suerte esos hijos de la gran puta (yo ahí pintaba menos que Dalí en el vientre de su progenitora B), en manos de una tía ignorante cuyo título en temas médicos y enfermeriles, de haberlos alegado, se los habría otorgado el curandero de alguna aldea cercana.

A mi madre la tuvieron que ingresar de urgencia, «desnutrida y deshidratada» (dice el parte médico) en el hospital lorquino del que ya no volvió a salir más que para enterrarla. Para enterrarla ellos, porque, repito una vez más, a mí nadie me informó de tal evento.

Ya no la necesitaban esos hijos de Satanás. Le habían expoliado hasta la salud.

La última vez que la pude ver, previa cita, lo hice bajo la mirada inquisidora de aquella tipa que ellos contrataron (a saber si legalmente, porque de eso ya hay sangrantes precedentes) para saber ellos, cual nazis de cartón piedra, qué hablaba con ella o si me atrevía a pasear por su casa en busca de algún botín como el que ellos me han robado en forma de joyas, relojes, oro y plata.

Por cierto, joyas que mi madrina me regaló a mí, como me regaló cinco millones de pesetas cuando quien esto escribe tenía escasos 17 años. Era toda su fortuna. Moriría escasos meses después y la tengo cuidada y enterrada en mi panteón aguileño, como hace la gente que es agradecida. Es lo único que puedo hacer ya por ella.

Las joyas las tenía mi madre en depósito y jamás las he podido recuperar de las garras de esos desgraciados. Es que a mí, por poner un ejemplo, un collar de doble vuelta de perlas naturales con broche de oro y rubí me sienta regular…

El dinero… Se convirtió íntegro en un Mercedes 190 que compró mi padre cuando yo aún tenía 17 años, que puso a mi nombre y que yo conduje tres veces contadas (mi coche era un seíllas azul cuya matrícula llamaba mucho la atención en Lorca porque parecía un número de teléfono local: M467353).

Entregó «mi» Mercedes, unos pocos años después a José Pujante, el concesionario de entonces, y se compró otro Mercedes (esta vez a su nombre una vez perpetrada la jugarreta) que al poco vendió a don Antonio Gómez Fayrén, de quien el lector más avezado recordará por su paso en el desgobierno autonómico murciano y por la presidencia del Consejo Jurídico de la Región de Murcia. Él mismo me lo recordó en un congreso al que ambos acudimos en el auditorio de Vistabella de cuyo nombre ni me acuerdo ni falta que me hace.

Aquel Mercedes lo sustituyó por el que ahora tiene el cuñao y el nieto inteligente. Se lo entregó porque le daba vergüenza que ese mismo cuñao se paseara en otro Mercedes al que se iban cayendo las piezas por la carretera.

Y ahí acabaron mis cinco millones, en manos del cuñao, que en aquel momento (1982), eran el equivalente a poder haberme comprado dos pisos. Curiosamente, otros dos pisos fueron la espoleta de la guerra contra esa gentuza una vez la palmó el viejo.

Gracias, papá, nadie entendía por qué mi relación contigo empezó a deteriorarse… «Cosas de la edad», decían los más listos de esa familia de inteligentes… «Cosas de Paco»…

Mañana, sin falta, hablaré del Tatán. Prepara querella.

Besos.

Francisco José Mora Sastre

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