Año nuevo, querella nueva

Mal empiezan hogaño los pantojos lorquinos. Si a mediados de noviembre obtuvieron como premio a sus ya incontables delitos la querella que jamás abogado alguno quiso presentar, a sabiendas de que metían en la cárcel a esos hijos de la gran puta, que es justamente lo que ese tipo de gentuza merece, el nuevo año no empieza mejor para esos cabrones.

Recuerde el lector (porque Tontolín solo tiene uno) que la querella de noviembre versaba sobre la falsificación de mi firma en diferentes documentos que, posteriormente, fueron usados para su único y exclusivo beneficio. Con esas firmas pretendían (y consiguieron) la ficción de que yo estaba de acuerdo con el contenido y con el uso de unos documentos que ni borracho firmaría. Mucho menos con ellos. Y menos aún para darle a semejante escoria poder alguno sobre mi dinero.

¿De verdad alguien que me conozca (y que no me conozca) puede pensar que yo voy a firmar un documento donde tras mi nombre aparezca de profesión «sus labores»? ¿En serio?

Sobre ese documento concreto abundaré en su contenido cuando lo considere oportuno, porque hasta el rabo todo es toro, y hasta en el rabo han metido la pata. Hasta ahí puedo leer, no por hurtarle al único lector el morbo ni la información, sino porque es un tema que ni tan siquiera está todavía sub judice porque ningún juzgado le ha dado curso a pesar del tiempo transcurrido.

Es muy curioso, porque en cuanto «la parte contraria» presenta algo, no tardan en admitirlo a trámite ni tres días. Literal. Mi primera demanda para dividir la herencia hubo de esperar CINCO MESES. ¿Te acuerdas, María? Creo que en tu pueblo de la sierra adentro almeriense te van a poner una estatua y te van a dar un diploma como hija ilustre de la villa…

Me explico:

Sabrán los más versados que «sus labores», en palabras del diccionario de la RAE (Republicana Academia de la lengua de Estepaís), la define tal que así:

1. expr. Era u. para designar la dedicación, no remunerada, de la mujer a las tareas de su propio hogar. Era u. m. c. fórmula administrativa.

Creo que sobran las palabras y ya contaré, con pelos y señales, el porqué de usar un arcaísmo; de usar uno que se refiere en exclusiva al género femenino; o simplemente de usar algo que ya no se usa: la profesión. Hasta en el DNI la eliminaron estando Franco todavía medio caliente. ¿Que por qué lo han usado? En primer lugar porque lo ha escrito un/a/e retrasado/a/e mental y en segundo lugar le dejo al lector que saque sus propias conclusiones.

Y sobre la segunda cosa que le tenía que explicar al lector, es sobre el rabo. Sí, efectivamente, porque si la cabeza (o el encabezamiento del anacrónico escrito) empieza con esa aparentemente inocua gilipollez, el final, el rabo, no puede ser más patético.

El tonto, tonta o tonte que intentó dar «mi toque» al escrito, lo finiquita con un «Lo firmamos en el lugar y fecha ut supra», fórmula un tanto anacrónica que el menda lerenda usa en todos y cada uno de sus escritos. O casi. Pero resulta que en el detalle está la clave: yo NUNCA, JAMÁS he usado de semejante forma y manera ese latinismo. De haberlo escrito o de haberlo firmado, puedo prometer y prometo que mi firma nunca iría plasmada ahí porque me habría encargado de corregirlo y haberlo puesto como yo, repito SIEMPRE lo escribo: «Y para que conste, a los efectos oportunos, lo firmamos lugar y fecha Ut Supra». El avezado lector comprobará dónde está la sutil diferencia.

A cuento viene la anécdota de aquellos primeros cortaypega en los que un inspector jefe de la Policía Nacional me contaba (y mostraba) cómo otro tonto falsificó un documento y de qué manera demostraron su falsedad.

Resulta que el escribidor, a quien le falsificaron la fecha (en este caso usando un documento auténtico modificado por el falsificador) lo hizo «tan bien» que nadie, ni peritos, ni juez, ni abogados ni pacas las fiscalas se dieron cuenta de la falsedad, y es que el ínclito no acentuaba como usted y yo lo hacemos, y como lo hacen los hispanoescribidores (permítaseme el palabro), es decir con el acento o la tilde de toda la vida, inclinada hacia la derecha, que es hacia donde la gente orden se ha inclinado desde siempre. Lo hacía (a saber sus oscuros motivos) con la tilde abierta valenciana y catalana, que se inclina en sentido inverso, de derecha a izquierda.

Por el ínclito me refiero al bueno, a la víctima, al que escribió el texto que posteriormente le falsificaron. Ése era el que escribía «al revés», para que me entiendan. Manías.

El número de la fecha, en lugar de tildarlo el falsificador «diecisèis» lo hizo… dieciséis. Y es que cuando un tonto que se cree listo se pone a falsificar comete esos errores, que son los que de haber cometido el crimen perfecto resulta que pasan a ser un número más en el penal de Ocaña, o como se llame ahora el nuevo edificio que le construyeron a los chorizos (y a algún inocente) que allí habitan a 30.000 euros/año de coste para el contribuyente, que eso es lo que nos cuestan los chorizos per cápita.

Dicho lo cual, y empezando el nuevo año con los mismos bríos del anterior y cagándome en los mismos muertos de antaño (recuerde mi «carácter atrabiliario» y no se me excite el pernías, o el perniles, o como cojones se llame, que muertos llevamos todos a nuestras espaldas y no se imagina la de veces que el interfecto en cuestión se ha ciscado en los míos, sobre todo cada vez que comprueba que ni con acentos al derecho ni con acentos al revés consigue lo que creía conseguir llamándome telefónicamente «como hombre bueno» para hablar «de noble a noble»).

Hay tontos; tontos del culo; tontos del pijo; y tontos con balcones. Cualquiera de ellos es peligroso. Muy peligroso. Porque con alguien normal se razona, pero con un tonto… Ya lo decía (lo he escrito algunas veces) el conde consorte de San Julián a don Paco Montiel: «Paco, cómo me joden los tontos.» Cada día me inclino más a pensar que aquel buen hombre lo decía por su bastardo. No por el de don Paco, que era un santo varón, y a doña Micaela no le ponía los cuernos, que se sepa.

Dios guarde a V.E. muchos años… ¡Cojones, que esto tampoco se pone ya en los escritos! ¡Qué antigua me he quedado, copon!

Del Tatán ya hablaré otro día.

Besos y feliz año en Ocaña.

Francisco José Mora Sastre, «el hermano malo», parte contraria de los pantojos lorquinos (los de «TODO POR LA PASTA») y de profesión (mía) SUS LABORES. Al parecer… ¡Qué lío, coño! Entiéndaseme.

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