El perniles, a tomar por culo

El perniles, a tomar por culo

No ha mucho, se asombraba un lector de que después de más de siete años no hayamos logrado ponernos de acuerdo para repartir la puta herencia de los cojones.

Es normal, porque repartir es sencillo. Muy sencillo. Y porque fue lo primero que le propuse al primer abogado que «llevó» el tema. «Si aceptas el reparto luego no podrás reclamar nada», me decía, «por el principio de los actos propios».

Era mentira. Claro que puedo reclamar. Cuando me salga de los huevos y, además, tenga indicios o pruebas suficientes. Ahí empezó el calvario, por una mala respuesta de quien se supone que era mi defensor.

Esos hijos de la gran puta pretenden que yo firme un documento donde me comprometa a que lo repartido, bien repartido está, y donde me comprometa a no reclamar nunca jamás lo que esos ladrones desgraciados me han robado, aunque ahora, o posteriormente, disponga de pruebas o indicios que justifiquen sus actividades delictivas.

Queda claro que a mí me la suda que se ponga o no se ponga esa cláusula, porque nada tengo que ocultar o que devolver. Para esos cabrones es vital ponerla porque tienen mucho que ocultar y más aún que devolver.

Su «estrategia» primigenia, dicha por la intitulada hijaputacabrona a mi primer abogado fue: «Paco no soportará estar años con esta historia. Como si hay que recurrir a Estrasburgo». Y, como ya dije en otro artículo, Paco soporta lo que tenga que soportar. Y así se ha demostrado y se sigue demostrando. Era la estrategia de aquellos antiguos guerreros que para rendir una ciudad la rodeaban hasta que el hambre y el hastío los hacía caer a los pies de los rodeadores o rodeantes.

Y su segunda estrategia es mi «muerte civil». Por ello, en cada uno de los escritos del perniles de los cojones, que no se puede ser peor bicha, se dedica a hacer una «introducción» achacándome a mí todos los males de este mundo. Creo que el que soltó el coronavirus fui yo en uno de esos actos de maldad que, como buen atrabiliario, cometo a sabiendas de lo que mi acción va a suponer en la humanidad. Yo soy el ex hermano malo y ellos son los ex hermanos buenos.

Quiero decir con esto que si esa gentuza nada tiene que temer ni que ocultar, no tendrían que exigir que yo firme una cláusula que además de abusiva se tornaría ilegal con absoluta seguridad. Yo no la he exigido en ningún momento.

Tampoco he exigido «esto pa mí, esto pa ti», como ellos sí han hecho, reservándose, además de todo lo ya robado, la mejor parte del pastel o, al menos lo más vendible. Mi propuesta original era: «Os quedáis, dentro del porcentaje que os corresponda, con lo que os salga de los cojones, y los restos, pa mí, porque nada quiero de ese poblacho infecto y mucho menos tener que soportar a gentuza como vosotros. Lo que me toque lo venderé cagando leches para nunca más volver».

También propuse que mi madre se quedara con los usufructos de aquellos bienes susceptibles de dar una renta.

Fue imposible, ¿recuerdas, Pablo? En tus palabras, era chocar contra un muro. Y en esas, mi última oferta, tras meses soportando sus gilipolleces, ya no era tan benévola: «Para mí lo que me salga de los cojones y para vosotros la basura. Querellas y más querellas y a tomar por culo».

Y, oiga, que tampoco les interesaba esa última oferta… Justamente la que ellos me hacían a mí, pero al revés. Nada, que ni chicha ni limoná. Que se joda Paco que aquí los que vivimos como marqueses somo nosotros, con el dinero con el que, a sabiendas, nos financia Ibermutuamur. Del que aún no he recibido, siete años después, ni un céntimo; y con el que ingresan del negocio que le robaron a mi padre, porque son tan inútiles que han sido incapaces en su puta vida de ganarse el sustento por sus propios medios. Ésa es la diferencia entre ellos -los buenos- y yo -el malo-. No sé por qué, esto me recuerda las películas de indios y vaqueros, donde el malo siempre era el indio, que es justo lo que yo estoy haciendo.

Así «administran» esos cabrones. Donde había una casa más que habitable ahora sólo quedan ruinas

Lo curioso es que me recuerda otra película: Murieron con las botas puestas. Y van cayendo. Uno a uno…

Y más curioso aún: ellos han elegido la vía judicial, que no exige la cláusula del «punto y final». La que ellos me exigen a mí. Acabado el reparto del botín (porque eso es para ellos la puta herencia y lo fue en vida de los viejos), me queda el camino expedito para reclamar judicialmente lo que me han robado. En cuyo caso, ¿qué ganan? ¿Tiempo? ¿Para qué, para seguir muriendo con o sin botas?

De haber tenido un mínimo de inteligencia, habrían devuelto lo robado y repartido «bien a bien». Vía notarial, como yo pedía, porque a fin de cuentas, por cojones hay que morir en el notario. ¿No es lo más inteligente evitar gastos innecesarios y un tiempo precioso?

Y porque, de una u otra manera, si tengo manera de demostrar todo su latrocinio, ¿piensan que yo, se haga por vía judicial o por vía anal voy a estarme quieto y los voy a dejar irse de rositas? Ni que lo sueñen.

No tienen salida. No hay escapatoria. Me van a tener que soportar hasta que las ranas críen pelo y más allá. Hasta que lo robado vuelva al lugar del donde nunca tenía que haber salido.

Así de retrasados son los pantojos lorquinos, mientras el ingente patrimonio se va yendo, a pasos agigantados, por el sumidero de los perniles y demás ralea. La salida de las manazas del perniles de mi herencia es ahora condición sine qua non para cualquier acuerdo. Sin ese desgraciado lejos de mi cogote, mi oferta primigenia igual seguiría en pie. Mientras esté ese buitre sobrevolando entre los despojos, que se olviden y se preparen a pasar una larga temporada en Campos del Río.

Por cierto, ayer presentó mi abogado nueva demanda para la rendición de cuentas que me niegan ellos y los demás obligados a hacerlo, una y otra, y otra, y otra vez.

Con cariño.

Francisco José Mora y Sastre.

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